domingo, 27 de diciembre de 2015

Hable con Ella

Hay veces en las que apetece, sin más, echar la vista atrás, tan sólo para recuperar grandes películas del cine español... Esas que, a pesar de haber pasado más de una década de su estreno, continúan dejando un buen sabor de boca a los espectadores. Pedro Almodóvar no es precisamente uno de mis directores favoritos: sus rarezas y complejidades me han obligado a visualizar sus películas con pinzas, a pesar de que, en su filmografía, haya creado joyas... Verdaderos tesoros que han favorecido su reconocimiento internacional, la devoción de un público que venera su trabajo, películas sociales, tan realistas que, en ocasiones, duelen... A la vez que nos mantienen pegados a la pantalla, reconociendo resquicios de nuestro país a cada frase de sus guiones. Podía haber sido otra, pero hoy la elegida es Hable con Ella, y ya no sólo por sus actores: su desarrollo, su veracidad, sus brillantes interpretaciones y, en general, su madurez, me dicen que, necesariamente, debía ser elegida... Una vez más.


Al principio, la película nos presenta tanto a Benigno, un enfermero, como a Marco, un escritor maduro, quienes coinciden en un espectáculo de Pina Bausch, en el Cafe Müller. En el escenario, dos mujeres con los ojos cerrados y los brazos extendidos se mueven al compás de The Fairy Queen de Henry Purcell y, la emoción de Marco es tal, que rompe a llorar. A Benigno le hubiese gustado decirle que a él también le emociona el espectáculo, pero no se atrevió. Meses más tarde, los dos hombres vuelven a encontrarse en una clínica privada, donde Benigno trabaja: Lydia, la novia de Marco y torera de profesión, ha sufrido una cogida y está en coma. Benigno cuida de otra mujer también en estado de coma: Alicia, una estudiante de ballet. El reencuentro entre ambos es el comienzo de una intensa amistad dentro de la clínica, donde la vida de estos cuatro personajes fluye en todas las direcciones... Pasado, presente y futuro, arrastrando a los cuatro a un destino insospechado.


Tras haber sido acusado en innumerables ocasiones de centrarse sólo en las mujeres, Almodóvar cede el protagonismo a dos hombres enamorados, sentimentales... Aunque acompañados de dos bellas mujeres que, por desgracia, no pueden emitir palabra, lo que nos obliga a centrarnos en ellos. Sus interpretaciones son tan sutiles como emocionales... Intensas, magistrales... Perfectamente guiadas por una mano singular, realista, capaz de conquistar montones de corazones, de justificar cientos de comportamientos, en otras circunstancias, reprochables. Javier Cámara se mueve como pez en el agua, recordándonos a interpretaciones suyas más actuales, como su papel principal en Que se mueran los Feos, aunque esta vez, mucho serio y melodramático, sin dejar paso a un mínimo ápice de humor. 


Una película sensible y emotiva, alejada del Almódovar que recordábamos pero que aún conserva tintes de sus excentricidad (¿qué sería, sino, de este peculiar género creado por él mismo?). Apela a la transparencia, incluso a la ternura y a la propia ambigüedad del amor, lo que me obliga a recomendarla, incluso con los ojos cerrados. Es su elegancia, su inocencia... Su todo lo que me obliga a hablar maravillas de un argumento que tenía olvidado y que, nunca, viene mal recordar... Pues nos obliga a rememorar que estamos vivos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada